Tumores cerebrales

Cáncer, Enfermedades neurológicas, Otros

Los tumores cerebrales son procesos expansivos que crecen dentro del cráneo.
Pueden ser tanto benignos como malignos, y estos últimos pueden ser malignos primarios del cerebro (es decir, originados en estructuras del propio cerebro), o secundarios (metastáticos, originados en otro tumor fuera del cerebro, que en su expansión por la sangre llega a al cerebro, reproduciéndose allí). Los secundarios son, con diferencia, los más frecuentes de los tumores malignos.

De forma general, no se puede identificar una causa clara asociada a que se produzca un tumor cerebral (tampoco los teléfonos móviles).

Una característica especial de esta situación, es que el tumor, aunque no sea muy agresivo ni invada el cerebro, por su propio crecimiento dentro de una cavidad que no puede expandirse (el cráneo), puede convertirse en una seria amenaza para la vida.

Dentro de los benignos, el más frecuente es el meningioma (originado en las meninges que recubren el cerebro). Es un tumor delimitado, de aspecto redondeado y encapsulado. Si se puede, su tratamiento ideal es su extirpación total (intentando no lesionar el tejido adyacente). Si no se consigue extirparlo totalmente, la recidiva es la norma.

Dentro de los malignos, los hay de muchos tipos, pero los más conocidos son los astrocitomas, el glioblastoma multiforme

Normalmente, se presentan en diferentes situaciones según sus características; así los astrocitomas y meduloblastomas son típicos de la juventud, los astrocitomas y glioblastomas aparecen con más frecuencia en los adultos, siendo el más frecuente el glioblastoma multiforme. Normalmente aparece hacia los 50 años, siendo la proporción de hombres respecto a mujeres de 6/4. Suele ser de comportamiento agresivo, y para cuando se diagnostica, suele haber invadido gran parte del cerebro. Suele debutar con crisis epilépticas o simulando un accidente cerebrovascular. Si no es así, produce dolor de cabeza progresivo y déficit focal neurológico.

Los tumores cerebrales suelen crecer de forma silente, sin dar síntomas.
En algunos casos pueden producir dolor de cabeza (cefalea), y en otros debutar precozmente mediante una crisis convulsiva o epiléptica, y al estudiar esta, se encuentra el tumor.
También puede aparecer clínica de alteración de la función cerebral, sobre todo apatía o desinhibición.

Una vez que va creciendo, se asocian síntomas que traducen el área cerebral afectada: disminución de fuerza o sensibilidad en una extremidad, alteración de la vista o el oído, problemas para realizar actividades simples diarias (por ej. abrocharse los botones de la ropa)…

Una vez sospechado, el método ideal para su diagnóstico inicial es realizar una prueba de imagen cerebral, bien un TAC (scanner) o una resonancia magnética nuclear (RMN).

Puede tener que completarse con un PET (tomografía de emisión de positrones), que mide que la cantidad e una molécula marcada (habitualmente glucosa) que el tumor capta, definiendo mejor sus características aunque no definitivamente.

Por ello, el diagnóstico definitivo del tumor y de que tipo es, lo hacemos realizando una biopsia.
Pero esta prueba que suele ser fácil en otras localizaciones, tiene serios problemas para realizarse en el cráneo.

Por ello, en algunas situaciones en las que por localización es difícil o peligroso realizar la biopsia, y en las que por las pruebas de imagen el diagnóstico parece claro, puede que no se crea necesario hacer esta biopsia.

En otras situaciones, cuando se tiene claro que hay que intervenir quirúrgicamente, se espera a la misma para el análisis anatomopatológico de la pieza intervenida.

También puede comenzarse la intervención, efectuar la biopsia durante la misma, y esperar un resultado rápido de la muestra que clarifique el tipo de tumor, y entonces decidir que se hace definitivamente.

Dependiendo del tipo histológico del tumor y otros factores (edad, estado basal del enfermo, enfermedades asociadas, número y tamaño del tumor, localización, y algunos marcadores moleculares), se decidirá que tipo de tratamiento aplicar; cirugía, radioterapia, quimioterapia o una combinación de los mismos.Si el tumor es un glioma, se suele combinar la cirugía y la radioterapia posterior.
Si es un glioblastoma, dependiendo de su grado histológico, se puede plantear cirugía con radioterapia posterior, y si es de alto grado añadir quimioterapia.

 

Hoy en día, la radioterapia ha experimentado un gran avance, al disponer de técnicas que permiten delimitar mejor la zona a radiar, respetando el tejido sano.

Estas nuevas técnicas incluyen la radioterapia de tres dimensiones, la radioterapia con modulación de la intensidad del haz, el hiperfraccionamiento de la dosis y la radioterapia esteroatáctica (también denominada radiocirugía). Todas ellas facilitan el poder administrar dosis mayores de radiación y disminuir los efectos secundarios sobre el área circundante al tumor.

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